Monday, February 27, 2017

Poudrefaction



A faceless glare through your window
the curtain shades the vague contour of you
a ghoulish fiend, my blindness stalls,
no shield for my sight, no release of hope

A creepy tremor, burns the fluid inside my spine
You see me die, the whole of me melting on the street,
you stand proud in your blackened deformity,
a grimace of pride biting the face around it

I run to you, the stairs the walls for your epilogue
written in black wrath on an empty canvas,
filling the rotting holes with corrupted words
a venom which echoes your hellish laughter

Your mirrors shattered, your crimes unveiled
reality a nightmare you fuel with your vile
Blood dripping under your door,
your victims´ agony begging mercy over my feet

What did you do, my brother?

You only cared  for your books,
the law and the regulation for society, your goal
on those pages you lived day after day
the words of men you printed in your brain

How could you not see?

The doctor came, you felt your humanity rise
as your body collapsed
a protuberant twisted Quixote in the making
yet you came to your senses and regained your sanity

The chemical concoction you swallowed
the alchemy of blood was performed
suddenly the creature inside you bulged
bullying its way through your soul

You met the night, Selene shared her delectation
with you,
Dorian reborn, shaped in the Moon´s identity
drinking your pleasures in the harlot´s neck

One by one, you grew inside the womb of Sin
Night after night the monster undefeated
Shaping the devils lust in the laws of murder
killing the cells of their God with each rape

What did you do?
Where are you now?
How did you hide?
Will you be back?

* Inspired by Arthur Machen´s The Novel of the White Powder

Monday, January 30, 2017

Bez szału



Nada especial

Tomé todos tus besos y los metí en una caja rellena de miedo y cubierta de plomo. La llave la dejé en el alfeizar de una ventana oval, en la casa más allá del lugar donde el Diablo no me dio las buenas noches. Por allí no había ningún sombrero vestido por el nazareno ni se oían los ladridos de animales que según la leyenda habitaban en aquel lugar. Allí sólo estuvimos la llave, la caja y yo. Ahora ninguno de los tres.

Nada especial

Paseé por el cementerio de Père Lachaise, buscando cualquier tumba que no fuera la mía o la de Oscar Wilde. El demonio de Morrison sin su recuerdo me llevó de la mano al cieno entre Doré y el desconocido que cada noche escuchaba la rima del marinero de su compañero de lecho. Entumecido por el frío parisino, enterré el anhelo por tus abrazos en el seno de aquel lugar.

Sin exagerar.

Dividí las noches que pasé en vela por ti y las repartí en migas de pan que fui esparciendo en la seca y yerma llanura manchega una tarde de agosto en un lugar de nombre impronunciable para ti. Llegaron gorriones, jilgueros y urracas y se llevaron todo lo que pudieron a sus picos excepto aquellos pedazos casposos de pan que hicieron por fin vomitar hasta al buitre que cansado de buscar la putrefacta carne se resignó a comer un poco de mis memorias cargadas de ti

Sin pasarse.

Metí tu único y solitario orgasmo en un sobre sellado con vino añejo de Rioja. Más temprano que tarde lo envié por correo urgente al registro de defunciones, sección 1, departamento de objetos perdidos. En el reverso de la carta puse tu dirección actual. Añadí un anexo con referencia a mi testamento

Nada fuera de lo común

Arrastré tus caricias al Mediterráneo. Encontré un puerto y desencadené un ancla corroída por el óxido de años ignorada bajo el mar y até tus algas alrededor de sus brazos. Tiré el ancla al fondo del mar y dejé marchar a la deriva a la barca taladrada de termitas a la que iba fijada. Me pregunto aún si fue el óxido, las termitas o algún tipo de pez desesperado el que acabó por desatar el entuerto final.

Nada personal

Me comí el diccionario de tus palabras de amor en el corazón de un ángel caído del infierno llamado Hybris. Se lo arranqué mientras urdía un plan de ataque sobre una solitaria alma veinteañera en un lugar de La Mancha de cuyo nombre ya sí que no puedo acordarme. Calenté el corazón del diablo relleno de tus promesas vacías y lo fundí en el vaso de ron que tengo ahora en mis manos. Sin necesidad de ahuyentar a ningún diablo que pueda atormentarme, me bebo por fin tus restos y deshago por fin las maletas que nunca tuviste en mi casa. En ellas por fin hallo lo que siempre fuiste: ropas henchidas de aire, sin alma ni espíritu. Máscaras de luz cegadora, leyendas sin fundamento, sueños sin báculo, árboles sin raíz.

Bez szału

Thursday, December 15, 2016

Строк



Air pumps emptiness inside me
Blood cells covered in muddy debris
glass tears inside my eyes, blackened iris
leaving just fog inside me

Humid dreams of distant times
My thoughts leave ashes in my mouth
I am dripping melancholy around me
like a thick layer of dust

Your heat was enough to keep
my heartbeat in tempo,

Now,

I am out of my lifetime,
running my fingers on the chords of others,
breathing the words from mouths that stutter
hugging hollow arms in elusive armonies

When my night opens to me forever
kissing my lips with its burning feverish lips
thick tongue of melting blackness

Will I be dreaming here again?

Will I be this,
will I remember
how to fix myself again
how to glue the nouns with the verbs
how to build a life from its true foundations?

Will my bones grow some stronger muscles around them
will my flesh and skin draw the face that I once had
will my heart pump healthier and saner blood
or will my brain spawn the same feverish thoughts?

Dream yourself in, pour your soul beyond the depths of your dreams
and die,
in your own terms.

Monday, November 21, 2016

The Ace of Hearts



Skin finds its sister
under a new layer of lies
self inducted, inflicted outwards
bypassed blade digging deeper

Fire without flame
burning wounds without closure
scarring through with needleless cure
rotting within the loving midnight kiss

Walking in the dark during daylight
thinking the shadows shall protect him from you
feeling free in his silence, far from your noise
unaware of the snake slithering under his pillow

He feels his love is the only key
while his chain unfolds around its nails round his neck
choking his beautiful words beyond his rootless tongue
pushing its fist down his last narrow futile hopes

Feeling no different from a lost scorpion 
struggling to escape from the circle of blazing fear
his venom, his only door out of hell
his biggest strength, his suicide pen

The fool hangs upside down all the time
thinking his logic keeps his sanity up
his blood drowns in his downward madness
while you all laugh at his misfortune

I damn you all, creatures with no aim
an army of ants without feet
swarming your way with the weight of gravity
thou shallt perish, forgotten

History will probably forget the fools too
the hanged ones, the burnt souls left on the stake
the vilified spirit that fought hard until the very end
lifting the name of mankind over the thick vastness of waste

Sunday, October 16, 2016

Одиночество



She is all veins, hollow
shadow emptied of its blackness
flat, flacid worms wailing over 
scattered pieces of womb
waking up in their numbness

She is all past, shallow
willow outcast from the forest
mad, sad ruin crashed below 
flowers of crimson lipstick 
drying up on the stainglass

She is all skin, broken 
torn in pieces, tainted rotten canvas
scarring its pain were kisses once lived
porcelain dolls holding fingerless hands
eyeless, fractured weightless memories

She is all lies, ashes of ice
dressed up for a sinister ball
tarot cards without number, spread under
a legless girl, a heartless hug in flames
a gorgeous toy freezing itself in vain

Tuesday, September 27, 2016

Inexperiencias en el ángulo muerto de los campos abiertos del espacio interior



Y por fin le sirvieron aquel café, acompañado de aquella remozada rebanada de pan con tomate y aceite que era común en aquella ciudad. El calor de la tarde de septiembre era asfixiante, pero no les había alcanzado aún físicamente aquel día. Era un calor psicológico, el del ansia y temor al inevitable ascenso de un mercurio inapelable cuyas alas ya hubiera querido para sí aquel mitológico Ícaro.

Por allí pasearon todo tipo de personas, en la esquina entre la calle Alarcos y el Pasaje Gutiérrez Ortega. Es inevitable no caer en ese punto si sales de tu casa en Ciudad Real, como si la ciudad estuviera inclinada desde sus bordes hacia el centro, dejando un agujero no lo suficientemente negro en el centro del tablero de Monopoly que conformaba la ciudad manchega.

Se levantó al fin de aquella silla metálica que, por otra parte resultaba imposible de mover y cuando lo intentabas despertabas a los somnolientos vecinos de las calles contiguas. Quizá por eso las sillas y las mesas de la ciudad eran de lo poco que no se robaba. Se dispuso a pagar, y la agradable nueva empleada de la cafetería le dedicó una sonrisa que se deslizaba desde Tarragona hasta el borde de sus labios, pasando por un deje madrileño que delataba inquietud moral y una cierta desorientación.

Mientras se disponía a pasear su cuerpo en constante sobrepeso moral -que no intelectual, claro está- entre las aceras de la plaza de Cervantes, se puso a pensar en su propia carencia de brújula existencial. Sus pensamientos se colaban bajo sus pies, en aquella hundida plaza a la que seguro que aquel Cervantes majestuoso habría dedicado alguna jocosa referencia en sus obras. Cómo era posible que una ciudad desnudada de monumentos e interés histórico hubiera decidido en su momento situar una estatua a su nombre sobre un terreno que se hundía medio metro al año. Quizá pretendían que al situarte bajo la misma el efecto de grandeza de la figura del hidalgo se enalteciera.

Como sigas así vas a volverte loco. Siempre andas ensimismado, como si no estuvieras aquí

Decidió entonces seguir por la calle Alfonso X hasta el parque del Prado, ignorando a su paso las librerías y los bares -para variar- y se sentó en uno de aquellos bancos de granito al lado de la Catedral. El lugar solía estar rodeado de arena ocre, rezumando un aroma que sólo el de una macabra plaza de toros podía imitar. Fluidos -inorgánicos, o al menos en su mayor mayoría- espirituosos de diferente categoría disfrazados con un fuerte impacto cítrico. Un refresco de limón tratando de contener la rabia desenfrenada de una juventud engalonada de vino, vodka o whisky peleones. Aún hoy en día, décadas después, se puede apreciar el crisol de líquidos que componían el puzzle de la ciudadanía de aquel lugar.

Tanto se había embriagado de melancolía al recordar esos días que no se había percatado en absoluto de que estaba hablando en voz alta, y para aumentar ese torpe sentimiento de sonrojo también pudo ver que no estaba solo. Alguien le había estado escuchando, al menos en los últimos minutos. Por encima de una maliciosa sonrisa burlona le miraban unos ojos verdes, o quizá azules. Le daba reparo fijarse en detalles en aquella situación un tanto embarazosa.

- No te preocupes, sólo llevo aquí veinte minutos escuchando tu verborrea. ¿Te acuerdas del descampado al lado del Escondite? Aquello sí que era un sitio lleno de leyenda-

Aquella chica le recordaba a alguien, y al tiempo que le venían a la cabeza historias en torno a aquel antro que después reforzó su reputación convirtiéndose en bar de alterne hasta estos días, encontró la copia a aquella cara que le observaba de modo cómico aquel mediodía de septiembre.

- Claro que me acuerdo.- admití. -Por cierto, ¿tú no te llamarás Mónica, por un casual?

La chica dio un trago a su litro de cerveza y me lo ofreció. Todavía estaba fresco, y como ya habían pasado las 12 del mediodía -extraña obsesión aquella de no probar alcohol antes de mediodía para no parecer un enfermo- descargó una corriente fresca de cerveza por su garganta.

- No, me llamo Cristina. ¿Y tú no serás Samuel, no? Puestos a probar...-

Mientras reían y se echaban un rato de charla sobre los viejos tiempos, seguía obsesionado con el gran parecido que esta chica tenía con su ex del instituto. Sus ojos le mecieron en esa ilusión, impulsados por aquella cerveza que en tiempos se llamaba Calatrava, para el cachondeo general de los que la bebíamos en pareja.

Calatrava, Calatrava. ¿Quién se la hace a quién? 

Esos momentos de tormentosa intimidad a los diecisiete, en los que los botones de los pantalones son rígidos picaportes de puertas de pesado metal con los que pugnar en noches que tienen fecha de caducidad. Camisas que se abren, dando paso a anatomías turgentes, cálidas, suaves y húmedas que se abrazan en los Cul de Sac esparcidos por esta ciudad adormecida. Aquellas noches en las que torpemente se descubrían las paredes tensas de la pasión, el motor de tus pulsiones sin importar por fin la hora en la que volver a casa.

Antes de que el sol me diga que es de día

Al ritmo de Blanco y Negro cayeron muchas barricadas morales y estacionales. Sin embargo, en aquella ya tarde de septiembre, no eran necesarios los achuchones entre los coches estacionados en los rincones perdidos del Torreón. Bastaban las sábanas de aquella cama de una chica que no se llamaba Mónica, los besos de un chico que no era Samuel, y la cerveza que no era Calatrava. En aquel Cul de Sac emocional de La Mancha, en cualquier tarde de septiembre y entre dos personas del lugar, la vida te engancha y te suelta cuando se le antoja.

En Ciudad Real.




Monday, August 29, 2016

Latidos enraizados



El agujero de la cerradura se alarga hasta el otro extremo sin fin. En su interior caben los ilimitados recursos de su imaginación, desde el principio de su diagnosticada psique hasta el final del recto tubo longitudinal recubierto de la mugre del pasado si miras hacia detrás, y relleno del vacío del silencio si miras hacia el futuro.

En aquellos días que se le antojaron ser de invierno, el chico de las gasas en la cara se sentía un poco menos solitario que de costumbre. Si bien los pajarillos que anidaban sobre su ventana parecían cada vez más ausentes, o quizás los polluelos habían dejado su hambriento pico demasiado tiempo abierto y la nada había depositado su sombra en sus paladares, otra serie de criaturas se habían propuesto darle un poco de compañía. Especialmente aquellas que aparecían por la noche, huyendo de las pesadillas de los seres normales. Arrastrados por los pálpitos acelerados y agolpados en las habitaciones sin armarios roperos se deslizaban por las grietas bajo los muebles y llegaban a parar al jardín de nuestro amigo de las gasas. Arriba, en la torre de escaleras de caracol sin fin hacia aquel derruido lugar se iban sentado en sus escalones deformes, resguardándose del pánico y terror de los seres que, en su presunta humanidad, los despojaban de su existencia en aquella que siempre había sido su casa: la oscuridad.

El chico de las gasas podía oir sus respiraciones lentas pero intensas. Sabía que no debía temer nada, porque su monstruosidad era en parte habladurías de gente que nunca habían osado mirarles a la cara y por otra parte le bastaba retirar sus propias gasas para comprender que nada ni nadie podría provocar tanto pavor como él mismo. La existencia de seres que compartían en cierto modo su anomalía le hacía sentirse vivo, su vida cobraba algo más de sentido.

Aquel día se despertó con una idea que golpeaba con impulsos casi espasmódicos su corazón. Se le ocurrió que podría invitar a aquellas criaturas a su habitación. Podría enseñarles su colección de novelas, desempolvar algunos de los vinilos que poblaban el único muro vestido de aquella morada. No sería necesario disimular sus gasas en las sombras que proyectaban las cortinas, ni disimular la luz de ninguna manera. Aquel encuentro sería la sábana por las que deslizaría la huída de una soledad que le había mantenido demasiado tiempo aislado del sabor infinito de una conversación cualquiera. Las palabras se habían vuelto alquitrán ardiente en el cielo de una boca cerrada al otro lado por unos labios impermeables a la comunicación.

Y con esta idea columpiándose en el vacío entre sus sienes se lanzó sin red hacia la primera de las presencias que se agolpó a su puerta aquella misma noche. Se acercó a la puerta y sintió la fatiga de aquella criatura resonar contra la madera de la puerta, el eco sordo y mitigado de una agonía sonora desesperada. El chico de las gasas apoyó su mano al otro lado de aquellos pulmones que se hinchaban una y otra vez en soledad y quiso calmar con su latido aquella incansable lucha de un corazón deforme expulsando sangre una y otra vez sin recompensa vital.

- Tran-qui-lo - dijo al fín. Tres sílabas interrumpidas por una r demasiado rocosa y un abismo sonoro provocado por la oclusión nada velada de una q que cayó precipitadamente y de forma totalmente accidental con el lóbulo de la sílaba final.

La presencia al otro lado emitió un quejido de sorpresa, nada diferente al crujido latente de la madera de la puerta. Después del silencio, aquella respiración pareció remitir el fervor de su cadencia. Estaba sorprendido y al mismo tiempo aliviado, alguien más había percibido su angustia en aquella torre en ninguna parte. Ese pensamiento acarició el corazón y su deformidad decreció un poco en uno de sus costados, la sangre se calentó con aquella sensación totalmente nueva para la criatura.

- ¿Estás mejor? ¿Cómo te llamas? -

El chico hizo estas preguntas sin saber en realidad cómo responder él mismo a ninguna de ellas. Eso le hizo sentirse un poco estúpido por unos instantes, pero el silencio al otro lado le permitió recuperarse con rapidez de aquella pequeña temeridad, sustituida por la duda plenamente lógica de pensar que quizá aquella criatura no hablara su mismo idioma. Quizá no fuera de aquella región, al fín y al cabo no recordaba si él había nacido en aquella tierra tampoco. No recordaba ni cuándo ni cómo había aparecido en aquella torre, ni por supuesto el nombre o categoría lingüística del lenguaje con el que había osado perturbar a aquella presencia nerviosa que había apoyado su espalda en aquella puerta.

Tras unos instantes más de espera, un par de toses nerviosas emitidas desde su cavidad hacia la presencia fruto de un racimo de dudas que se hacían más grandes en su boca, su mente fue asaltada y robada por la inquietante realidad que se había transformado en plena realidad ante sus ojos:

Quizá, y sólo quizá, el silencio prolongado en el espacio de varios centímetros entre los pensamientos a ambos lados de aquellos seres nerviosos, inseguros y ciertamente monstruosos era debido a que el invitado de aquella noche no era, ni mucho menos, un ser humano.