Tuesday, October 21, 2014

A través de nuestra sequedad



Se posa y no levanta el vuelo. Se mece entre tus pensamientos, en el espacio marcado por mis signos de interrogación cubiertos de cejas. Parece no marcharse nunca, te escudriña sin exasperar. Ha venido para quedarse.

La mirada manchega no es furtiva. Es inquisitiva sin derrumbar tu paciencia. Es tranquila por naturaleza, incauta por norma. Se pasea manteniendo el equilibrio sobre la delgada línea que activaría la respuesta, o más bien la pregunta sobre la duración de la misma.

La mía se posa en esta tierra seca, llena de materia rojiza, anaranjada y amarillenta. La Mancha es densa, árida y extensa como el abrazo de un trago de vino en una noche de martes sin tregua.

Los días en esta tierra no permean sobre la llanura del tiempo personal, de manera que las personas envejecen más lentamente, así como los sueños. La vida es como un enorme caracol en medio de un jardín con vallas: la gente te puede ver, y así no te alcanza ninguna bota en su paso hacia su rutinario trabajo de oficina de tres al cuarto. Los felinos que con gusto te convertirían en su aperitivo de media mañana sienten su saliva regurgitar una y otra vez con inusitada frustración al no poder trepar sobre esta pared que no tiene fin.

Aquí uno tiene espacio suficiente para moverse, pero ha de saber que si cruza la barrera de lo incierto no serán ni los gatos ni el movimiento trepador de los viandantes lo que pondrá fín a tus ilusiones. Será, en realidad, la duda y el miedo a otros terrenos menos valdíos y más frondosos en su vertiginoso caos creativo los que harán morir a las mentes más encorsetadas en sus impotentes dogmas.

La vida ha de ser pues, algo más profundo que el umbral de esa mirada fija y segura que nos define. Para sobrevivir en esta tierra, hay que tragarse el agua que nunca llega a través de las grietas del alma, de la cicatriz que nunca supura y se cierra doblemente tras el paso del tiempo que aquí nunca es fugaz.

Vivir en el abismo entre un fallo y otro, entre la respiración de los segundos que nos separan del beso de la musa.

Morir por un deseo que puede que no se cumpla en este mundo pero si en muchos otros.

Soñar y soñar.

Y después descansar.

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