Sunday, November 9, 2014

La vanidad del que delira



No nos dicen que no, nos permiten caminar aún en la oscuridad. Ellos nos dejan esparcirnos por el parque sin temor a que podamos escapar de su yugo. Confían en la cobardía de los que hemos sobrevivido al terror de su tiránica dirección.

Hemos decidido vivir casi por inercia, mientras que otros cayeron mucho antes por el camino. Dentro de el amortigado disparo de la inoperancia, carcomidos por la rutina de un ayer demasiado cercano al mañana.

Nos han enseñado a manipular la melancolía a su antojo, aferrada con fuerza al duro metal del miedo en forma de bastón en el que apoyamos nuestros pasos. Creen que dependemos de ellos para andar y hay muchos que murieron en el estrepitoso vacío en sus camas con la convicción de que ya no sumábamos nada para ellos.

Las sirenas se han mudado a otras costas y nuestros barcos han decidido gobernar los timones a su antojo, obedientes a una deriva y carentes de decisión.

Ícaro dejó de saltar y por fín se escapó por encima de las nubes de sus pretéritos fracasos.

Kafka durmió en paz y Bukowski encontró por fín el trago que pudo saciarlo.

Yo sigo buscando, en pie en medio de toda esta fría penumbra y lejos de todo lo que amé.

No comments:

Post a Comment