Sunday, January 25, 2015

Reflexiones de un sonámbulo

We all dream; we do not understand our dreams, yet we act as if nothing strange goes on in our sleep minds, strange at least by comparison with the logical, purposeful doings of our minds when we are awake.
Erich Fromm


Salió de casa para dormir, como lo hacía todas las mañanas. Después de una noche de duro trabajo en casa decidió por fín hacer algo de lo que sentirse orgulloso y dejó el frío hogar para adentrarse en el calor de la calle.

La vecina del quinto llevaba un camisón de lo más sugerente, el contorno de sus pechos plenamente visible, las caderas que vislumbran cálidos humores en su interior. Era realmente una pena que tuviera que irse a dormir en lugar de trabajar con aquella señorita tan bella.

La mujer de la tienda de fruta sin embargo se había olvidado de desmaquillarse, sus labios estaban todavía cubiertos del carmín de la noche anterior, probablemente fruto de demasiado trabajo una vez más. El médico le había recomendado salir más y dejarse ver un poco. Tanto trabajo en casa, tanta oscuridad le había sentado fatal a su sistema inmunológico.

En aquellos días la gente bebía demasiado poco. Ya no se estilaba aquello de beberse un par de vinos o una copa de ron antes de salir a la calle. ¡Cuánto extrañaba aquellos días de juventud en los que se quedaba dormido en el parque de Gasset con una botella de whisky en la mano!. A veces incluso alguien que dormía bajo un árbol o en el banco más cercano le ofrecía un buen trago sin siquiera preguntarlo. Bastaba ver tu desorientada mirada para que una o dos personas te dieran de beber.

Conoció a Miriam una de aquellas noches de invierno. Creo que fue en el portal bajo el edificio del periódico local. Se trataba de uno de los lugares donde más gente se agolpaba para pasar el día. Acurrucados los unos con los otros, era habitual que alguna mujer pusiera su cabeza en tu regazo para dormir. Más de una vez había sentido la tentación de pintar un retrato de alguno de aquellos numerosos rostros que calentaban su vientre, pero el sueño siempre le vencía antes de encontrar el cuaderno de notas.

Cuando apareció Miriam, soñó con ella durante todo el día y supo que no podría olvidarla cuando se levantara por la noche y ella se hubiera ido a trabajar a su casa. Aquella primera noche le dejó solamente su perfume de recuerdo, trazos de su presencia que se iban evaporando pero que aún consiguieron dejar su esencia en su memoria.

La siguiente noche, le dejó de regalo un suspiro, justo cuando él iba a despertar. Pareció como si fuera ella la que cogiera un pequeño hálito de él. Otra noche fue una risa, distante en el horizonte pero que consiguió descifrar entre todos los ruidos de los que se despertaban por fín al anochecer.

Ayer, por fin pudo ver su cuerpo en movimiento, dejando vestigios de su sombra desvaneciendose entre las lámparas recién alumbradas.

Esta noche siente su cuerpo abrazado a él, su respiración, sus latidos acompasados con los suyos propios mientras se abandonan al sueño más magnético, esperando al anochecer en el que por fín huirá con ella hacia una oscuridad mutua.

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