Monday, February 2, 2015

Acinesia


Desde el momento en que entré por la puerta del laboratorio me dije a mí mismo que no volvería a intentar ser alguien diferente a lo que en realidad soy –el bedel del edificio- pero como cada noche al cierre de las actividades de los verdaderos protagonistas me deslicé a través de los códigos numéricos no tan secretos que no estaban a la altura de las circunstancias.

Es como si no temieran que alguien entrara allí. Más bien, era como si desearan que alguien mordiera el anzuelo.

Mi intención era la de nadar un poco en aquello que había estado estudiando en mis ratos libres entre tantas guardias inútiles. Se me había encargado vigilar de algo que nadie codiciaba –el conocimiento, la trasgresión, el más allá- y no de algo que se pudiera vender en el mercado negro o que se pudieran poner aquellos seres que poblaban los salones con lámparas de araña al son de un vals decadente.

Después de una primera semana llena de crucigramas, y montones de novelas sin acabar - ¿a quién demonios le interesa la literatura, tamaña sarta de ideas sin conexión con la realidad? – me decidí a explorar el interior del edificio con la seguridad de que me entretendría más que dentro de las melancólicas y tediosas charlas nocturnas de autoayuda de la radio nacional. Pronto, le fui dando imagen a los títulos de las distintas habitaciones que sólo habían existido como método mecánico de memoria. Sala Benzin, laboratorio Pittsnogle, sala de membranas, centro de radiología eran algunos de los nombres que se habían instalado como meros parásitos en mi cerebro y de los que ahora empezaba yo también a extraer algo positivo de su existencia.

El centro se dedicaba a experimentar con células cancerígenas, con el fin de comprender los motivos de su evolución – ¿o debería decir involución?-  en algo incontrolablemente mortal para los seres humanos. El enfoque de los científicos pareciera estar marcado por un cierto tono académico, ya que los múltiples archivos que pude encontrar en las mesas eran en su mayoría de tipo filosófico o incluso psicológico: tratado de comportamiento celular acomplejado, disertación sobre disfunción operativa del sujeto celular... Todo aquello en un principio me resultó muy engañoso, como si alguien hubiera dejado ahí esos libros por error o para despistar a ojos de un extraño. Por unos instantes también se me pasó por la cabeza que alguien estuviera haciendo algo similar a lo que hacía yo todos los días: pretender que trabajaba en algo que en realidad no necesitaba de mí y decidiera pasar mi tiempo con el trabajo de los demás para matar el tiempo.

Tras semanas  en las que pasé horas de visualización de documentos, archivos visibles en los ordenadores sin claves de acceso y cuando mi curiosidad resultara saciada en su mayoría, me di la vuelta hacia mi despacho por el pasillo que conectaba el mismo con el área meridional, una zona que raramente se visitaba al estar todavía en mantenimiento. Los operarios habían estado semanas tratando de arreglar fugas de agua, caídas en el sistema eléctrico y demás contratiempos que dificultaban periódicamente cualquier tipo de actividad en las mismas.

El azar nunca deja de ser caprichoso, sino no sería azar…

Encendí la linterna para pasar por el frío pasillo deformado por la proliferación de cables, mancillado por la torpeza de los operarios que dejaban sus pisadas, cigarros y demás elementos de su rutina diaria y pasé con bastante rapidez por la mayor parte de aquella zona poco agradable. Cuando llegué al final del pasillo me encontré la puerta cerrada y ante mi sorpresa no pude abrirla con ninguna de las llaves que me habían otorgado el primer día de trabajo. No sé si fue la pereza de volver a pasar por el mismo sitio por el que había circulado con más asco que otra cosa o si fue la estúpida superstición que condena a sus víctimas a siempre volver por caminos diferentes, el caso es que todo ello resultó en una ...

(continuará...o no)

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