Saturday, April 4, 2015

Dos y dos son cinco



Empezó a ver el mundo a través del velo de su incomprensión nata. Todo era un conglomerado de sombras que se acurrucaban entre sí cual conjunto de uvas en un racimo sin principio ni fin. Nunca sabía cuándo ni por dónde aparecería una y se mezclaría con la siguiente.

Decidió que aquel sería martes y que no recordaría el día anterior. De hecho, tras una breve discusión consigo mismo, determinó que no recordaría ningún otro día reciente. Poco a poco iría olvidando en orden inverso cada uno de sus instantes pretéritos que llenaban su catálogo de vida.

Era martes y hacía sol. Hacía sol y él paseaba entre una mata espesa de sombreros, humo y voces de la calle. Sus piernas eran ligeras y su pecho estaba desligado de su corazón, de manera que respirar le era muy sencillo. Pensó que él también sonreiría a aquellos que le iban mirando, les tocaría el rostro para cerciorarse de que a partir de ahora serían parte de su vida: el viejo librero con la tupida barba blanca, la vendedora de sueños con su camisa perfumada aquella mañana, el niño que jugaba con aquel balón deshilachado...Uno tras otro se le aparecían y le dejaban paso, como las señales de tráfico de una autovía desnuda y recta en el torso anaranjado de La Mancha.

Deseó ser escritor y se sentó en un banco en la Plaza Mayor. Pidió un café solo con hielo y posó todas sus herramientas de trabajo en la mesa redonda de chapa verde, coja de un extremo como lo había sido su vida hasta ese día. La tinta se fue posando en trazos irregulares de un lado a otro de aquel papel sin líneas ni cuadrículas, a la misma velocidad con la que su pensamiento se iba calmando para poder acompasarse con la agilidad de sus dedos.

Decidió que sería una comedia, algo para alegrar a los demonios que siempre le acompañaban para que le tuvieran en buena estima. Tendría parte en verso y parte en prosa. La prosa nacería del verso cuando aquel decidiera irse de paseo con otro escritor que le llamara a su mesa. La historia tendría una narradora y un personaje principal con esquizofrenia. Sus amigos serían autistas y su casa carecería de suelo, de manera que todo el tiempo debería estar colgado de algo, por alguien o de sí mismo.

Deseo sentir los dedos de su chica acariciar su nuca mientras le susurraba alguna ordinariez pertinentemente graciosa. La incluiría en el relato mientras se besaban interrumpidamente durante los siguientes cinco minutos. Después se marcharían de la plaza y caminarían hacia la puerta de Toledo. En el camino se dejaría llevar por la melodía de su voz y la recordaría más tarde cuando ella comenzara a dormir en la cama, sus labios entreabiertos y aquel aroma a granada se vertiera sobre su pecho.

Aquel día decidió ser feliz, sin ayer y sin mañana.

Finalmente se dio cuenta de que cuando se levantara no recordaría absolutamente nada de lo que había pasado aquel día. Las páginas de su vida se interrumpirían como lo hace el sueño, la inspiración y el coito. Lo bueno, pensó, siempre termina con la esperanza de repetirse infinitamente en el tiempo. La sangre siempre vuelve al corazón, los besos fluyen de nuevo hacia un nuevo amanecer y la vida vive penetrada una y otra vez por el poderoso impulso de la deseada muerte.




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