Saturday, May 9, 2015

Disertaciones tras las cortinas de una tarde cualquiera de mayo



Recorrió los rincones de su sonrisa con su lengua, buscando el lugar donde poder restar los misterios a la suma de sus pensamientos de aquella tarde de mayo. Palpó con torpeza los ecos de su rítmico lenguaje en morse bajo su camiseta con aroma a sábado de besos. Sintió las manos de ella pegarse a su piel como una nueva dermis, mutando cual camaleón al contacto con el nuevo mundo en el que soñar.

Permitió que la amara en el intervalo exacto en el que su corazón lo permitiera, alertado sólo por los ángulos imposibles de la cercanía entre dos seres que nunca se habían visto con anterioridad y que no se habrían de ver hasta que algún otro sábado los depositara en el espacio entre aquellas almohadas llenas de sus identidades.

Musitó su prólogo y su epílogo entre los pliegues de su alma, profirió todos los versos que su espíritu inagotable albergaba desde cada uno de los días en los que no la había conocido pero la había concebido en sus sueños de siesta. Entre las cortinas rosadas de su atardecer, entró y no dejó salir nada de lo que él siempre había anhelado ser. Ella le desveló sus secretos cabalgando juntos hacia la cima de su imaginación perfumada de él, encadenada a liberar sus suspiros al viento de poniente en el horizonte de su pecho.

Tal vez algún día el tiempo se pararía y les dejaría atrapados en aquel entonces, como la foto finish de una carrera sin corredores, sin tiempo y sin jueces. Solos ella y él, unidos por el cordón umbilical de los sin por qués y luego qués. Lejos de los ayeres y hasta luegos, dentro de una espiral de goce ilimitado, entre los gemidos de su boca y los abrazos húmedos en sus entrepiernas.




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