Monday, June 22, 2015

ἀκηδία



Podía ir el tintineo de su sangre sobre el cristal, contínuo repicar de campanas que presagiaba uno a uno los minutos finales de la historia. El epitafio final, la liberación absoluta de todas sus implicaciones y ataduras a la angustia existencial.

Sólo tenía oídos para el creciente eco del movimiento pesado de los tentáculos de la muerte. Viscosos, sus pasos eran seguros con las ventosas bajo sus garras chupando el aire a presión entre ambos. Al otro lado de aquellas extremidades sin fin se hallaba la gárgola viva de sus pesadillas, aquellas que poblaron las noches de verano de su infancia.

Aquella viscosidad negra de enormes ojos ciegos y boca inmunda dientes de sable se acercaba implacablemente hacia él, y sin embargo no hizo nada para evitarlo. Aquella boca del infierno, con ríos de saliva fétida y corrosiva parecía ser lo único que le quedaba por experimentar en esta vida y en la otra.

Por fín lo atrapó, y la oscuridad se hizo en él luz. Envolvió todo su ser como la araña teje su tela en torno al insecto que ha de mutar en comida en su seno. La muerte le llevó al fondo del agua, lejos de todos los ruídos del presente y del ayer.

Con la esperanza del vacío sin sensaciones se dejó matar por su propia ansiedad existencial. Dejó que los minutos tejieran su tatuaje de lodo en su alma permeable a la caricia de la locura. Su neurótico pensamiento fue el plumaje de unas alas impulsadas por el hálito de la inanición. Corrupto hasta la médula, permeado por poros abiertos a la desesperanza, se emborrachó de sí mismo hasta que vomitó su ser. Aquí, en el fondo líquido y cálido del río del olvido eterno.

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